Mensaje Pastoral-Parte 2: EL SERVICIO, EL SALARIO Y LA SALUD DEL CUERPO SOCIAL

Mensaje pastoral –Segunda Parte 
PARAGUAY SANO: EL SERVICIO, EL SALARIO Y LA SALUD DEL CUERPO SOCIAL – PARTE 2
Hermanos y hermanas:
Quiero compartir con ustedes una reflexión sobre el servicio y sobre lo que, como pueblo, entendemos por merecer una retribución digna y justa.
En sentido propio, el apostolado es un llamado eclesial: la misión que Cristo confía a los suyos para el cuidado de las almas. El servicio público, en cambio, aunque comparta con el apostolado la misma raíz ética, es otra cosa, y conviene llamarlo por su nombre: servicio. Ambos comparten una obligación moral idéntica, que el Evangelio nos enseña con la imagen del Buen Pastor: no abandonar a quien depende de nosotros —a las ovejas, al paciente, al alumno— en el momento en que más nos necesita. Pero hay una segunda obligación moral, distinta de la primera y no menos exigente, que ese mismo pasaje también sostiene: quien no abandona, quien sirve sin calcular, merece a cambio un sustento digno y justo. Son dos deberes, no uno solo, y ninguno reemplaza al otro. La obligación de atender a quien nos necesita jamás puede invocarse para callar la obligación de sostener a quien sirve —hacerlo no es fidelidad al Evangelio, es usarlo a medias.
Hermanos, quiero hablarles hoy de tres palabras que debemos aprender a distinguir. Un salario es digno cuando permite vivir sin indignidad —cuando el médico no necesita comprar de su propio bolsillo lo que el hospital debería proveerle, cuando el docente no debe subsidiar con su sueldo las carencias del aula. Un salario es justo cuando guarda relación honesta con el esfuerzo, el riesgo y la responsabilidad de quien sirve, y cuando esa relación no se erosiona en silencio, año tras año, mientras nadie decide corregirla. Y hay una tercera pregunta, más incómoda, que quiero dejarles hoy: la del salario ético. No pregunta cuánto alcanza para vivir, ni cuánto corresponde en justicia —pregunta si es correcto que uno mismo se asigne, o le asigne a los suyos, lo que le niega a los demás. Es la pregunta que cualquiera de nosotros, en un cargo de responsabilidad, debería hacerse antes de beneficiarse a sí mismo o a su entorno, mientras exige sacrificio a quien menos tiene.
Aquí toco un punto que nos duele como comunidad de fe: cuando un cargo público, que es un privilegio de servicio, se convierte en privilegio de apropiación —cuando se reparte entre familiares y allegados lo que debería destinarse a quien realmente sirve al pueblo— no estamos ante un simple problema administrativo. Estamos ante una injusticia que desnuda cualquier excusa de "no hay recursos", porque revela que los recursos existen, solo que se han desviado de su fin verdadero.
Hermanos, hay también algo que no podemos dejar de mirar. La salud no tiene precio: es un don que nace de la dignidad de la vida misma, y no puede ser tratada como un producto de comercio. Pero sostenerla —en recursos, en insumos, en la retribución justa de quienes la ejercen— tiene un costo real, que alguien debe asumir. Cuando ese costo no se asume aquí, la calidad del servicio emigra a donde sí se paga: al exterior para quienes pueden costearlo, o a un sistema privado que tampoco está al alcance de todos. Así, sin que nadie lo proclame como principio, terminamos creando exactamente lo que decíamos rechazar: una salud que unos pueden adquirir y otros no, un bien que debería ser de todos convertido, de hecho, en mercancía.
El Bien Común, hermanos, nos lleva precisamente a esto: a valorar el servicio que se presta a la comunidad, y a retribuir con dignidad, justicia y ética a quienes lo prestan —porque son ellos quienes hacen posible que todos, sin distinción, tengamos las mismas oportunidades y las mismas atenciones. No hay Bien Común verdadero donde el servicio se exige a unos y se retribuye a medias, mientras a otros se les permite servirse a sí mismos con lo que pertenece a todos.
Por eso, hermanos, cuando hablamos de "Paraguay Sano", quiero invitarlos a entenderlo en un sentido más amplio que el de los hospitales. Un país sano no es solamente el que tiene edificios nuevos: es el que trata con dignidad y justicia a cada uno de quienes lo sirven —el médico, el docente, el que legisla, el que administra. Un país solo está verdaderamente sano cuando ninguno de sus servidores necesita sacrificar su propia dignidad para sostener el servicio que presta a los demás.
Que este tiempo de reflexión nos ayude a purificar nuestro corazón: a quienes sirven, para que lo hagan con la entrega del Buen Pastor, sin huir ante la dificultad; y a quienes tienen la responsabilidad de sostenerlos, para que no usen palabras piadosas como excusa para no cumplir su propio deber de justicia. Que Dios nos conceda la gracia de servir y de reconocer el servicio, con la misma medida de amor y de verdad.
Para quienes deseen profundizar en estos contenidos, comparto el enlace al artículo: https://fjpshumanoydivino.com/2026/09/02/paraguay-sano-el-servicio-el-salario-y-la-salud-del-cuerpo-social-parte-2/
Encarnación, 1 de septiembre de 2026
Francisco Javier Pistilli Scorzara

De: UC Itapúa
Fecha: 2026-09-01